martes, 14 de abril de 2026

Mi Mamá y mis abuelas

 

“Mi mamá —‘la Negra’—, criada a la intemperie y hecha a golpes de vida, fue después puro abrazo: charlas largas, cariño sin medida y esa contención simple que, sin decirlo, te hacía sentir siempre bien.”

Mi mamá

Mi mamá nació en Paiva.
Se llamaba Omilia Valiente.

En el pueblo le decían “la Negra”.
Y en Córdoba… “Ani”.

Era gordita, petisa, de piel oscura, pelo enrulado y ojos marrones.

Muy conversadora.

Hija de Francisca Suárez… y de Don Valiente.

A él no lo conocí.

Murió en un accidente en el ferrocarril antes de que yo naciera.
Y nunca se habló de él.

Vaya a saber qué pasó…

(Aunque yo tengo mi propia teoría… pero eso te lo cuento otro día).

Tuvo una infancia dura.

Mi abuela Francisca era una mujer muy pobre y sola.

Tuvo varios matrimonios… y varios hijos.

Entre ellos… mi mamá.

Mi mamá tenía un carácter fuerte.
No andaba con medias tintas.

O la entendías… o te ligabas un cachetazo.

Y no le importaba dónde.

Varias veces me hizo sangrar la nariz.

Y las estrellas que veía… eran enormes…

Ella nació en el ranchito del fondo de casa… (el que te conté antes.)

Y se crio prácticamente en la calle… mientras mi abuela lavaba y planchaba para sobrevivir.

Un día, una señora vio a mi mamá… muy chiquita.

Sucia… llena de mocos… enferma… sola.

Se la llevó a su casa.

La bañó. La vistió. Le dio de comer. La cuidó.

Así estuvo dos o tres días… hasta que apareció mi abuela Francisca… furiosa… diciendo que le habían robado a su hija.

Hubo discusiones… denuncias…

Y esto se repitió varias veces.

Hasta que un día…

mi mamá no quiso volver.

La fueron a buscar… la llevaron a la fuerza… pero se escapó… y volvió.

Y ahí… pasó algo clave:

mi abuela entendió…
y la dejó.

Una boca menos que alimentar.

Y así… esa mujer pasó a ser mi abuela Mauricia.

Doña Mauricia.

Y su esposo… Don Francisco, mi otro abuelo.

La abuela Mauricia

Para mí… tuve una suerte enorme:

tuve tres abuelas.

Y aunque una no fuera de sangre… era mi abuela, mi abuela Mauricia.

Y lo sigue siendo.

Mi abuela Mauricia era bajita, de pelo blanco, rellenita.

Decía que de joven era rubia…

Tenía voz fina, era muy charleta… muy cariñosa… muy dedicada.

Cocinaba como los dioses.

Su especialidad: tallarines con pollo.

Pero todo… casero.

Elegía el pollo… lo mataba… lo preparaba… hacía la masa… cortaba los fideos…

La salsa… Una delicia.

Jugaba con nosotros: a la escondida, a la pelota, a las cartas…

Contaba cuentos de terror… cantaba…

Y no sabía leer, ni escribir

Era todo.

Se me cae una lágrima mientras escribo de ella.

Fue una bendición en mi vida.

El mundo de mi abuela Mauricia.

Vivía en un rancho humilde, a unos 20 minutos a pie de mi casa.

Tenía gallinas, árboles frutales, flores… una huerta enorme.

Un patio con aljibe… una glorieta para el mate… cocina a leña…

Una casa simple… pero llena de vida.

Crió no solo a mi mamá… sino a otros chicos de la calle, también.

Y además tuvo tres hijos propios, Mi Tia Erminda, mi Tía Elda y mi Tio Titi.

Era una mujer generosa.... maravillosa!!!

Mi abuela era curandera.

Curaba el empacho, la ojeadura, el mal de simión…

La conocían como “Doña Pancha”.

Canjeaba sus curas por comida: huevos, gallinas, queso, salamines…

Nunca le faltó nada.

Ni comida… ni chismes… ja ja ja…

Hasta el médico del pueblo la respetaba.

Se pasaban pacientes entre ellos.

El abuelo Francisco, (su esposo) era italiano.

Petiso, de espalda curva, bigote ancho, medio calvo.

Muy callado.

Tenía un hermano en Iriondo, un pueblo cercano a Paiva… pero casi no se veían.

Se decía que estaban peleados… por una mujer, mi abuela.

Mi abuelo, murió de tristeza.

Después de ir a buscar el cuerpo de su hijo, (mi Tio  Titi)… solo… en tren… desde Resistencia-Chaco, hasta Paiva, solos dos en el último vagón, un viaje interminable.

Eso lo quebró.

Yo era chico… pero lo recuerdo.

Recuerdo una mañana, mi abuelo Francisco, vino a ver a mi mamá (ella lo adoraba, a su Padre, como ella, lo llamaba Papá), tomaron mates… charlaron y luego la vi llorar… y abrazarlo… luego le gritaba… le deia: NO… NO…NOO TE VAS A IR, NO PODES IRTE… el se puso de pie, la acaricio y se fue… mi mamá se arrodillo y lloraba… luego se fue corriendo a la calle y lo llamaba… Papá… papá… yo estaba helado… ella no se percataba de mi… y fue entonces que la abrace y le pregunte… que paso?... solo me abrazo y lloro, lloro mucho… a los pocos días, mi Abuelo Francisco, murió.

Con el tiempo y cuando ya fui grande, le pregunte a mi mamá que le dijo, el abuelo, aquella mañana.  Me dijo que me quería mucho, que me cuidara, porque el venia a despedirse… porque no quería dejar a su hijo del otro lado solo, quería reunirse con el y murió de tristeza… a los pocos días, para el Doctor, fue un ataque cerebral.

“Ese día entendí… que el amor también llama, cuando llega la hora de partir.”

Mi abuela Mauricia era querida por todos.

Una vez, un hombre me dijo:

“Una señora me crió… gracias a ella estoy aqui”.

Y era mi abuela.

Sentí un orgullo enorme.

Ir a su casa era una aventura.

Una vez me llevó al campo, de madrugada, con viento, tierra volando…

A una casita…

Entró… salió con un bolso y un lechero…

“Fue una urgencia”, me dijo.

Nunca pregunté más.

Y así era ella.

“La quise con todo lo que fui… y aún así, siento que me quedé corto.”


Mi papá, mi abuela y mi abuela

 

“Mi viejo llevaba en la sangre al indio —mi bisabuelo—… rudo, duro y silencioso; de esos que no se quiebran ni se explican… pero te enseñan, a fuerza de vida, cómo plantarte en el mundo.”

Mi papá

Mi papá nació en Hipatia, un paraje no muy lejos de Paiva.
Era hijo de Doña Matilde Belgratti y Don Luján Mendoza.

Mi abuela Matilde era una mujer de voz fina, de estatura mediana, pelo castaño claro… muy conversadora, activa y atenta.

Me quería mucho… y yo a ella también.

La visitaba seguido. Tomábamos mate con masitas…

(Yo tuve mucha suerte de tener abuelas… fue de lo más hermoso. Me emociona escribir sobre ellas).

Eran descendientes de italianos que llegaron a la Argentina escapando del hambre y la guerra que asolaba Europa a principios del 1900.

Se radicaron por la zona de Santo Domingo, en Santa Fe.

Ahí creció mi abuela… y conoció a mi abuelo Luján.

Según ella… fue amor a primera vista.

Después, con los años… entendí cómo fue ese “amor a primera vista”.

Y te digo algo…

Hoy… sigue pasando igual… ja ja ja…

A la familia de mi abuela la vi una sola vez en mi vida… y de casualidad.

Fui a jugar al fútbol a Santo Domingo un fin de semana, y se me acerca un muchacho:

—¿Vos sos de Paiva?
—Sí…
—¿No serás hijo de Mendoza?

—Sí… del “Nene” Mendoza…

Y ahí me dice que éramos parientes.

Me llevó a su casa… conocí a toda la familia… y me olvidé del fútbol…

Mate, salamines riquísimos, quesos fabulosos… y charla.

Después… nunca más los vi.

No sé por qué… pero así se dieron las cosas.

Ahora te cuento de mi abuelo.

Don Luján Mendoza.

Nació en Helvecia, Santa Fe… con el apellido Escobar.
Después se lo cambió a Mendoza.

De él… no tengo mucha información.

Hablaba poco.

Y si le preguntabas mucho… no contestaba. Miraba a lo lejos… y se ponía a hacer otra cosa.

Era muy serio… como mi papá.

Y a mí… me daba miedito…

Era alto, de contextura robusta, manos grandes.
Tenía bigotes finos que seguían la línea de la boca.

Ojos negros… profundos.

Mi viejo me contó que era hijo de un indio y una española.

Un mestizo.

Trabajaba muy bien el cuero. Hacía riendas, cabrestos, frenos, rebenques… sillas de montar.

También trabajaba la plata.

A lo largo de su vida aprendió muchos oficios.

Mi abuela Matilde me contó algo fuerte:

que la madre de mi abuelo fue raptada por su padre indio, en un malón… y de esa relación nació él.

Fue criado con poco cariño.

Más bien… a lo bruto.

Y eso explicaba mucho de su forma de ser.

En mi vida… muy pocas veces lo vi sonreír.

Y cuando lo hacía… apenas levantaba un poco los labios… y pegaba como dos o tres saltitos de pecho… como si le hicieran cosquillas.

Esa imagen… nunca me la olvidé.

Y con el tiempo… me sirvió para entender a mi papá.

Mi abuelo era tropero.

Se iba por meses… y dejaba a mi abuela sola con los hijos, en un ranchito en medio del campo.

Ella se hacía cargo de todo.

El pueblo no quedaba lejos… así que, si pasaba algo… corrían a buscar ayuda.

Después, gracias a unos conocidos, entró a trabajar en el ferrocarril que recién se instalaba en Laguna Paiva.

Y se vinieron todos.

Mi papá tendría unos ocho o diez años.

Llegaron mis abuelos… y mis tíos: el Negro, la Nidia, el Tali, mi papá, el Argentino, la Blanca y el Ovidio.

La mayor ya se había quedado en Santo Domingo.
Después mi tía Nidia se fue a Goya.

El resto… se quedó en Paiva.

Todos los varones trabajaron en el ferrocarril.

Las mujeres… amas de casa.

Mi papá tenía relación con sus hermanos… pero no eran cariñosos.

Se visitaban, charlaban…

Pero abrazos, besos… nada.

Salvo cuando estaban pasados de copas…

Ahí sí.

Se abrazaban… lloraban…

A mi papá lo vi borracho una sola vez… pero en otra historia, te la cuento.

Mi papá era muy casero.

Vivía para su trabajo en el ferrocarril… y para su huerta en casa.

Ese era su mundo.

Su escape… la caza y la pesca.

Más la caza que la pesca.

Empezó a trabajar muy chico.

Antes de los 12 años ya estaba en una panadería.

Primero ayudante… después repartidor.

Siempre decía:

“Yo nunca necesité de mis padres para pagar mis cosas.
Techo y comida… se paga.”

Eso… después trajo consecuencias.

Sobre todo, en mí.

Pero ya te lo voy a contar.

Mi papá decía que no sabía lo que era abrazar… ni decir cosas lindas.

Solo trabajar.

Mi mamá… era todo lo contrario.

Pero muchos de mis hermanos heredaron eso de mi viejo:

esconder el cariño… como si fuera debilidad…
y mostrar el trabajo… como fortaleza.

El “yo puedo”.

Hoy… me cuesta con ellos tener una relación, como lo fue mi papa con sus hermanos.

Me cuesta abrazarlos… decirles que los quiero… que los extraño.

Cosas simples…

Pero difíciles.

Son Mendoza.

Serios.

Yo creo que también lo tengo…

Pero eso… pregúntaselo a tu mamá o a tu papá.

Porque si me preguntas a mí…

Sí.

Lo tengo.

Y lo peleo.

No quiero tener cara de culo…

pero la tengo…

Cada mañana, cuando me miro al espejo, me digo:

“Cada vez más parecido a mi viejo… la puta madre…”

Y me río…

Y ahí… se me pasa.

Mi papá tenía pocos amigos.

Casi ninguno.

Yo… soy igual.

Debe venir de familia.

Fue así que, repartiendo pan… conoció a mi mamá.

Se enamoraron.

Se pusieron de novios.

Y después entró a trabajar en el ferrocarril.

En la Planta de Oxígeno.

Empezó como peón de albañil… porque todo se estaba construyendo.

Ahí aprendió el oficio… de italianos y alemanes que vinieron a montar la planta.

Aprendió a hacer de todo.

Instaló máquinas, cañerías… producía oxígeno para hospitales y empresas.

Hizo una carrera enorme:

de peón… a jefe de Planta.

Sin estudios.

Solo sabiendo leer y escribir.

Capaz. Inteligente y muy creativo.

De esos tipos que, con nada… te hacen todo.

Y sin embargo…

A mí… no me alcanzaba.

A mí me hubiera enorgullecido un padre cariñoso.

Compañero.

Amigo.

Un lugar donde entender por qué soy como soy.

Pero bueno…

A veces uno busca cosas… en lugares equivocados.

Para él… su mundo era el ferrocarril.

Ahí era Dios.

Mandaba.

Ordenaba.

Y nadie le discutía.

Por eso le pusieron un apodo: “El Tirano”.

Y dejó de ser “El Nene”.

No sé si por envidia… o porque lo era.

Capaz… un poco de las dos.

A mí me decían:

“¿Vos sos hijo del Tirano Mendoza?”

Y yo decía:

“Sí”.

No me molestaba.

Pero de grande… lo sentí.

Y aprendí algo:

lo que hacen los padres… lo pagan los hijos.

Tenelo presente.

Siempre.



“La casa, la familia y el Gaby”


“En esa casa sencilla —entre cortinas sin puerta, mates compartidos y voces que iban y venían— nació mi mundo… y ahí, sin saberlo, empezó a hacerse el Gaby.”

“La casa, la familia y el Gaby”

“Mi memoria arranca en un cuarto en penumbras. Estoy en una cama cuna de madera, con respaldos: uno alto y el de los pies más bajo, con listones a ambos lados, a modo de corralito…

No sé qué edad tenía. Solo sé que hay un dibujo de un patito en la cabecera… y a lo lejos veo una ventana y gente que pasa.

Aparece una señora… gordita, petisa, de pelo crespito, morocha, de tez oscura, con un vestido a lunares. Se acerca, me habla… me alza. Me saca de la cuna y me deja en el piso.

Ahí empiezo a ver mejor la habitación: una cama grande, una cómoda de tres cajones y un ropero. Y sí… una ventana que daba a la calle. El techo tenía cielo raso, supongo que de yeso, con una lamparita en el medio, que se prendía desde el respaldar de la cama grande.

Me lleva de la mano a la habitación de al lado. Se comunicaban por una puerta… sin puerta. Solo una cortina de tela que colgaba de un alambre.

Ahí había dos camas: una era de mi hermana y la otra de mi hermano.

Sí… tenía un hermano y una hermana, se llamaban Fernando Carlos y Silvia Graciela.

Y la señora que me llevaba de la mano… era mi mamá.

La gente que pasaba por la ventana eran vecinas: Doña Dorigo y mi tía Pirucha. Las dos vivían al frente de casa… y como era de mañana, venían a tomar mates y a “charlar”…

¿Charlar?… ja ja ja…

Te sigo describiendo la casa.

La pieza de mis hermanos tenía una ventana y dos puertas, una frente a la otra: una daba a la calle y la otra se comunicaba con la cocina. La ventana daba a un pasillo que conectaba el patio con la calle.

Los ambientes no eran muy grandes… pero para mí… eran ¡re grandes!

Eso sí: los cielos rasos de esa pieza y de la cocina eran de chapa. Y la cocina no tenía ventana, solo una puerta que daba a una galería abierta… desde donde se veía el patio.

Enorme… enorme…

(Aunque después me di cuenta de que no todo era mi patio. Como no había divisiones, uno pasaba de un patio a otro entre vecinos).

En la galería había una mesa contra la pared. Ese era el centro de reuniones de mi mamá.

Todas las mañanas… de 9 a 11… se pasaba el parte diario de todos los “putes”… (chismes).

Y ahí estaba yo… tomando la leche… escuchando todo.

Si decía algo, mi mamá me miraba seria y me decía:
“Vos sos chico… y los chicos no participan de la conversación de los grandes… hasta que seas grande”.

Y san se acabó.

Ahí terminaba cualquier duda… ja ja ja…

Primera lección:
hay que escuchar… aprender a escuchar… para que cuando tengas la oportunidad de hablar, tengas criterio.

Claro… eso lo entendí mucho después. En ese momento no entendía nada.

Yo solo entendía jugar.

Y para eso teníamos el patio: perros, gallinas, patos, chanchos… y una casa de barro, muy vieja, al fondo del terreno… donde jugaba a las escondidas con mis hermanos.

En mi casa solo había dos puertas de chapa: una al frente, que daba a la calle, y otra en la cocina, que daba a la galería.

El resto… eran cortinas de tela.

Las paredes sí… eran de material: ladrillo, cemento y revoque.”

“Esa casa… la que estaba en el fondo del terreno… tenía paredes de barro y techo de paja. Estaba pintada a la cal, de blanco… por fuera y por dentro.

Tenía tres ambientes… tres piezas y una galería. El piso era de tierra, muy apisonada… de muchos años.

Ya estaba bastante arruinada, pero se mantenía en pie por sí sola. En cada esquina tenía unos troncos gruesos… y eso nos daba seguridad para jugar y correr adentro.

No había muebles. Estaba vacía.

Y a la noche… dormían los perros y los patos.

A esta altura te estarás preguntando:
¿y el baño… dónde estaba el baño?

Bueno… estaba a unos diez metros de la casa. Apartado.

Era un cuadrado de un metro por un metro, con techo de chapa. Piso y paredes de madera… y una abertura de unos treinta centímetros en el medio del piso, que daba al pozo.

Ahí hacíamos todo.

Nosotros… y también algún vecino apurado, si su baño estaba ocupado… ja ja ja…

Eso sí… después pedían permiso. Antes no… no había tiempo:
“¡Las tripas me llaman!”… decían… ja ja ja!!!

Siempre había, colgado de un alambre, papel de diario… fundamental para la higiene del traste.

¿Y dónde nos bañábamos?

Ahí mismo.

Llevábamos un fuentón y lo llenábamos con baldes. En verano… agua fría. En invierno… agua caliente.

Yo me metía adentro del fuentón. Era mi bañera de chico. Entraba entero.

De grande… ya no tanto: me quedaban las piernas afuera… el pecho, la espalda, la cabeza…

Pero igual… era una delicia.

Y al final, con un tarro de lata, nos tirábamos el agua para enjuagarnos.

Un placer… total.

Después nos secábamos, nos vestíamos y colgábamos la toalla en un tendedero improvisado… un alambre de árbol a árbol.

La ropa sucia iba a un tacho de 200 litros, al lado de la pileta del patio.

El patio…

Enfrente de la galería había un enorme árbol de moras negras. Mi papá lo fue podando hasta convertirlo en una galería natural.

En los veranos calurosos… era sombra pura. Ahí pasábamos la siesta mirando dibujos o fotos en alguna revista… escuchando radionovelas… mientras mi mamá lavaba la ropa.

Más allá de la sombra… nacían los almácigos de verduras que mi papá sembraba. Eran muchos.

Y también flores.

Mirar ese patio era hermoso. Tenía colores… y aromas… muchos aromas. Según la época, cambiaban los almácigos y las flores.

Pero eso sí…

Rosas… siempre hubo.

Como te decía…

La mañana en mi casa empezaba muy temprano. Arrancaba con el desayuno… y seguía con mates.

Mates… y más mates.

Cerca de las once del mediodía se activaba todo: tender camas, barrer, lavar los platos de la noche anterior y empezar a cocinar.

Porque a las dos de la tarde llegaba mi papá de trabajar.

Todos teníamos una tarea.

Y según la edad… responsabilidades.

Recuerdo mi primera responsabilidad:

dar de comer y agua a las gallinas, a los patos y al chancho… limpiar el gallinero… barrer… y juntar los huevos.

Después… vinieron otras.

Responsabilidades…”

“Ahora te paso a contar… cómo era mi papá.

Mi papá era un tipo alto, de pelo negro. Tenía manos grandes… y una nariz ancha, importante… pero no narigón… ja ja ja…

Cara de malo. Voz firme. Serio… siempre serio.

Lo mirabas… y si te devolvía la mirada… te cagabas encima… ja ja ja…

Cuando él llegaba de trabajar, nosotros ya estábamos sentados a la mesa, listos para comer.

Mi mamá le servía primero a él… y después a nosotros.

La mesa tenía platos de losa… algunos de chapa enlosada… todos mezclados. Los cubiertos también eran variados.

Los vasos… eran botellas de vino cortadas a la mitad, con los bordes lijados, para no cortarse los labios.

Mi papá tomaba vino con soda.

Nosotros… agua o soda.

El pan era casero. Lo hacíamos nosotros. Casi siempre mi mamá… después aprendimos.

La ensalada salía de la huerta: lechuga, achicoria, rabanitos…

Mi mamá no tomaba vino. Tomaba refresco de naranja… que compartía con nosotros.

En la mesa se comía en silencio.

Con la boca cerrada.

Y con los codos afuera… solo las manos sobre la mesa.

No usábamos mantel… salvo en ocasiones especiales.

Y servilletas… tampoco. Un solo repasador… para todos.

¿Cuándo se hablaba en la mesa?

Cuando nos habíamos mandado una cagada… y mi mamá le pasaba el parte a mi viejo.

Eso… era terrorífico.

Porque podías ligar un castigo… un sopapo… o lo peor: una buena cagada a palos.

Y como ya lo sabíamos… comíamos rápido.

Muy rápido.

Por las dudas… había que salir corriendo.

Y salíamos… con el estómago lleno… ja ja ja…

De grande le pregunté a mi mamá:
“¿Por qué hacías eso, vieja?”

Y me decía:
“Era otra época… y yo también le tenía miedo a tu padre”.

Ah… claro…

¿Y nos mandabas al frente a nosotros?… ja ja ja…

Pero no todos los días había cagadas.

Así que cuando terminábamos de almorzar, nos íbamos bajo la sombra de la mora a comer alguna fruta de estación.

A veces… fruta de casa.

Y a veces… de algún vecino… sin que nos viera.

Porque si nos veía… iba y le contaba a mi viejo… y vuelta a los palos… ja ja ja…

Después, mi viejo se iba a dormir la siesta con mi mamá… hasta las cinco más o menos.

La vereda de mi casa tenía baldosas… un cordón de ladrillos… una cuneta… y después la calle de tierra.

Entre la vereda y el cordón había tres moras blancas, en línea.

Grandes… muy grandes.

Mi viejo se levantaba de la siesta con cara de culo.

Se lavaba la cara… se mojaba el pelo… se lo tiraba para atrás…

(Y seguía con cara de culo… ja ja ja…)

Y se iba a la vereda.

Ahí caía mi mamá con la pava, la yerbera y el mate… y unas rodajas de pan casero para acompañar.

Nosotros no dormíamos siesta.

Aprovechábamos para jugar… o mirar revistas tirados en el piso, bajo el árbol.

Cuando mis viejos salían a tomar mate a la vereda… pasaba algo increíble:

parecía que el mate se contagiaba.

De a poco, todas las familias de la cuadra salían con sillas o reposeras.

Cada uno en su vereda… pero todos charlando.

Y nosotros… felices.

Jugando con los chicos de la cuadra.

Éramos una banda… chicos y chicas.

Mi hermana y mi hermano se sumaban… y yo… atrás de ellos… siempre.

Eso duraba una hora… una hora y media… como mucho dos.

Después, mi viejo se levantaba y nos llamaba:

a regar la huerta…
y a mí… a dar de comer a las gallinas, los patos y el chancho.

Cuando caía el sol… venía otra cosa:

ejercicios físicos.

Mi viejo nos hacía entrenar como si fuéramos milicos en preparatoria… ja ja ja…

Decía que era para que no nos enfermemos.

Duraba media hora…

(a mí me parecían horas…)

Después… el baño.

Salíamos con remera, pantalón corto y zapatillas Pampero.

Limpitos. Bien peinaditos.

A la noche, acompañaba a mi hermana a comprar carne, vino y soda para la cena.

Íbamos a un almacén en la esquina: “Doña Dora”.

Una pareja de viejitos… muy simpáticos.

Pero muyyyy puteros.

Sabían todo lo que pasaba en el barrio… y en el pueblo.

Te quedabas un rato… y salías con todas las primicias.

Generalmente… embarazos… ja ja ja…

Cuando volvíamos, mi mamá le preguntaba a mi hermana:
“¿Y… qué se dice?”

Eso significaba: contar todo.

Porque el almacén a esa hora se llenaba… y había que esperar… y escuchar.

Y todo eso… al otro día… era tema del mate de la mañana.

Y así… todos los días.

Siempre había un “pute”.

Siempre.

Y también… algunos inventados.

Pero esa… es otra historia…”

“Cocinaban la cena mi mamá y mi hermana.
Con mi hermano… preparábamos la mesa.

A esa hora pasaba el diariero en bicicleta. Mi papá salía a charlar con él… y a veces le compraba el diario. Se conocían de hace mucho.

A mi papá, los conocidos le decían “El Nene”.
Otros… le tenían otro sobrenombre… pero eso te lo cuento más adelante.

En mi casa no había televisor.
En toda la cuadra… solo uno tenía. El que tenía plata.

Eso marcaba la diferencia entre el que tenía… y el pobre.

Nosotros… éramos pobres… ja ja ja…

Pero teníamos radio.

Así que escuchábamos la radio.

A las diez de la noche pasaban el informativo… duraba una hora: noticias locales, nacionales e internacionales.

Después de eso… nos íbamos a dormir.

Esa era mi casa.
Esa era mi familia.

Y en ese mundo… aparecí yo.

Un 13 de julio de 1962.

Soy de cáncer. Nací un martes.

Mi mamá me dijo la hora… pero no la recuerdo.

Lo que sí sé… es que nací en el pueblo.

Mi madrina de bautismo fue mi abuela Mauricia.
Y mi padrino… Reynaldo Lana, hermano de mi abuelo Francisco.

De ahí viene mi segundo nombre.

¿Y Gabriel?

Según mi mamá… le gustaba mucho. Estaba de moda… y me lo pusieron.

A mí… nunca me gustó.

Y como si fuera poco… me decían “Gaby”.

Peor…

¡Qué feito!… parecía de nena… ja ja ja…

Pero bueno… todos me conocían así.

Y así quedó.

Hasta el día de hoy.

Bueno…

Ahora te voy a contar un poco la historia de cada uno de mis padres.

Para que entiendas por qué digo… y por qué me siento orgulloso… de tener una familia enorme.

Tan enorme… que un día…

llenamos un estadio de fútbol.

Sí… un estadio de fútbol.

No lo podía creer.

Y lo mejor… fue cuando la familia se unió… y eligió a un tío como intendente del pueblo.

Ahí entendí algo:

el poder que tiene una familia… cuando está unida.

Uy… no te vas a aburrir.

Tengo tanto para contarte…

Así que preparate…”