“Mi viejo llevaba en la sangre al indio —mi bisabuelo—…
rudo, duro y silencioso; de esos que no se quiebran ni se explican… pero te
enseñan, a fuerza de vida, cómo plantarte en el mundo.”
Mi papá
Mi papá nació en Hipatia, un paraje no muy lejos de Paiva.
Era hijo de Doña Matilde Belgratti y Don Luján Mendoza.
Mi abuela Matilde era una mujer de voz fina, de estatura
mediana, pelo castaño claro… muy conversadora, activa y atenta.
Me quería mucho… y yo a ella también.
La visitaba seguido. Tomábamos mate con masitas…
(Yo tuve mucha suerte de tener abuelas… fue de lo más
hermoso. Me emociona escribir sobre ellas).
Eran descendientes de italianos que llegaron a la Argentina
escapando del hambre y la guerra que asolaba Europa a principios del 1900.
Se radicaron por la zona de Santo Domingo, en Santa Fe.
Ahí creció mi abuela… y conoció a mi abuelo Luján.
Según ella… fue amor a primera vista.
Después, con los años… entendí cómo fue ese “amor a primera
vista”.
Y te digo algo…
Hoy… sigue pasando igual… ja ja ja…
A la familia de mi abuela la vi una sola vez en mi vida… y
de casualidad.
Fui a jugar al fútbol a Santo Domingo un fin de semana, y se
me acerca un muchacho:
—¿Vos sos de Paiva?
—Sí…
—¿No serás hijo de Mendoza?
—Sí… del “Nene” Mendoza…
Y ahí me dice que éramos parientes.
Me llevó a su casa… conocí a toda la familia… y me olvidé
del fútbol…
Mate, salamines riquísimos, quesos fabulosos… y charla.
Después… nunca más los vi.
No sé por qué… pero así se dieron las cosas.
Ahora te cuento de mi abuelo.
Don Luján Mendoza.
Nació en Helvecia, Santa Fe… con el apellido Escobar.
Después se lo cambió a Mendoza.
De él… no tengo mucha información.
Hablaba poco.
Y si le preguntabas mucho… no contestaba. Miraba a lo lejos…
y se ponía a hacer otra cosa.
Era muy serio… como mi papá.
Y a mí… me daba miedito…
Era alto, de contextura robusta, manos grandes.
Tenía bigotes finos que seguían la línea de la boca.
Ojos negros… profundos.
Mi viejo me contó que era hijo de un indio y una española.
Un mestizo.
Trabajaba muy bien el cuero. Hacía riendas, cabrestos,
frenos, rebenques… sillas de montar.
También trabajaba la plata.
A lo largo de su vida aprendió muchos oficios.
Mi abuela Matilde me contó algo fuerte:
que la madre de mi abuelo fue raptada por su padre indio, en
un malón… y de esa relación nació él.
Fue criado con poco cariño.
Más bien… a lo bruto.
Y eso explicaba mucho de su forma de ser.
En mi vida… muy pocas veces lo vi sonreír.
Y cuando lo hacía… apenas levantaba un poco los labios… y
pegaba como dos o tres saltitos de pecho… como si le hicieran cosquillas.
Esa imagen… nunca me la olvidé.
Y con el tiempo… me sirvió para entender a mi papá.
Mi abuelo era tropero.
Se iba por meses… y dejaba a mi abuela sola con los hijos,
en un ranchito en medio del campo.
Ella se hacía cargo de todo.
El pueblo no quedaba lejos… así que, si pasaba algo… corrían
a buscar ayuda.
Después, gracias a unos conocidos, entró a trabajar en el
ferrocarril que recién se instalaba en Laguna Paiva.
Y se vinieron todos.
Mi papá tendría unos ocho o diez años.
Llegaron mis abuelos… y mis tíos: el Negro, la Nidia, el
Tali, mi papá, el Argentino, la Blanca y el Ovidio.
La mayor ya se había quedado en Santo Domingo.
Después mi tía Nidia se fue a Goya.
El resto… se quedó en Paiva.
Todos los varones trabajaron en el ferrocarril.
Las mujeres… amas de casa.
Mi papá tenía relación con sus hermanos… pero no eran
cariñosos.
Se visitaban, charlaban…
Pero abrazos, besos… nada.
Salvo cuando estaban pasados de copas…
Ahí sí.
Se abrazaban… lloraban…
A mi papá lo vi borracho una sola vez… pero en otra historia,
te la cuento.
Mi papá era muy casero.
Vivía para su trabajo en el ferrocarril… y para su huerta en
casa.
Ese era su mundo.
Su escape… la caza y la pesca.
Más la caza que la pesca.
Empezó a trabajar muy chico.
Antes de los 12 años ya estaba en una panadería.
Primero ayudante… después repartidor.
Siempre decía:
“Yo nunca necesité de mis padres para pagar mis cosas.
Techo y comida… se paga.”
Eso… después trajo consecuencias.
Sobre todo, en mí.
Pero ya te lo voy a contar.
Mi papá decía que no sabía lo que era abrazar… ni decir
cosas lindas.
Solo trabajar.
Mi mamá… era todo lo contrario.
Pero muchos de mis hermanos heredaron eso de mi viejo:
esconder el cariño… como si fuera debilidad…
y mostrar el trabajo… como fortaleza.
El “yo puedo”.
Hoy… me cuesta con ellos tener una relación, como lo fue mi
papa con sus hermanos.
Me cuesta abrazarlos… decirles que los quiero… que los
extraño.
Cosas simples…
Pero difíciles.
Son Mendoza.
Serios.
Yo creo que también lo tengo…
Pero eso… pregúntaselo a tu mamá o a tu papá.
Porque si me preguntas a mí…
Sí.
Lo tengo.
Y lo peleo.
No quiero tener cara de culo…
pero la tengo…
Cada mañana, cuando me miro al espejo, me digo:
“Cada vez más parecido a mi viejo… la puta madre…”
Y me río…
Y ahí… se me pasa.
Mi papá tenía pocos amigos.
Casi ninguno.
Yo… soy igual.
Debe venir de familia.
Fue así que, repartiendo pan… conoció a mi mamá.
Se enamoraron.
Se pusieron de novios.
Y después entró a trabajar en el ferrocarril.
En la Planta de Oxígeno.
Empezó como peón de albañil… porque todo se estaba
construyendo.
Ahí aprendió el oficio… de italianos y alemanes que vinieron
a montar la planta.
Aprendió a hacer de todo.
Instaló máquinas, cañerías… producía oxígeno para hospitales
y empresas.
Hizo una carrera enorme:
de peón… a jefe de Planta.
Sin estudios.
Solo sabiendo leer y escribir.
Capaz. Inteligente y muy creativo.
De esos tipos que, con nada… te hacen todo.
Y sin embargo…
A mí… no me alcanzaba.
A mí me hubiera enorgullecido un padre cariñoso.
Compañero.
Amigo.
Un lugar donde entender por qué soy como soy.
Pero bueno…
A veces uno busca cosas… en lugares equivocados.
Para él… su mundo era el ferrocarril.
Ahí era Dios.
Mandaba.
Ordenaba.
Y nadie le discutía.
Por eso le pusieron un apodo: “El Tirano”.
Y dejó de ser “El Nene”.
No sé si por envidia… o porque lo era.
Capaz… un poco de las dos.
A mí me decían:
“¿Vos sos hijo del Tirano Mendoza?”
Y yo decía:
“Sí”.
No me molestaba.
Pero de grande… lo sentí.
Y aprendí algo:
lo que hacen los padres… lo pagan los hijos.
Tenelo presente.
Siempre.
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