martes, 14 de abril de 2026

Mi Mamá y mis abuelas

 

“Mi mamá —‘la Negra’—, criada a la intemperie y hecha a golpes de vida, fue después puro abrazo: charlas largas, cariño sin medida y esa contención simple que, sin decirlo, te hacía sentir siempre bien.”

Mi mamá

Mi mamá nació en Paiva.
Se llamaba Omilia Valiente.

En el pueblo le decían “la Negra”.
Y en Córdoba… “Ani”.

Era gordita, petisa, de piel oscura, pelo enrulado y ojos marrones.

Muy conversadora.

Hija de Francisca Suárez… y de Don Valiente.

A él no lo conocí.

Murió en un accidente en el ferrocarril antes de que yo naciera.
Y nunca se habló de él.

Vaya a saber qué pasó…

(Aunque yo tengo mi propia teoría… pero eso te lo cuento otro día).

Tuvo una infancia dura.

Mi abuela Francisca era una mujer muy pobre y sola.

Tuvo varios matrimonios… y varios hijos.

Entre ellos… mi mamá.

Mi mamá tenía un carácter fuerte.
No andaba con medias tintas.

O la entendías… o te ligabas un cachetazo.

Y no le importaba dónde.

Varias veces me hizo sangrar la nariz.

Y las estrellas que veía… eran enormes…

Ella nació en el ranchito del fondo de casa… (el que te conté antes.)

Y se crio prácticamente en la calle… mientras mi abuela lavaba y planchaba para sobrevivir.

Un día, una señora vio a mi mamá… muy chiquita.

Sucia… llena de mocos… enferma… sola.

Se la llevó a su casa.

La bañó. La vistió. Le dio de comer. La cuidó.

Así estuvo dos o tres días… hasta que apareció mi abuela Francisca… furiosa… diciendo que le habían robado a su hija.

Hubo discusiones… denuncias…

Y esto se repitió varias veces.

Hasta que un día…

mi mamá no quiso volver.

La fueron a buscar… la llevaron a la fuerza… pero se escapó… y volvió.

Y ahí… pasó algo clave:

mi abuela entendió…
y la dejó.

Una boca menos que alimentar.

Y así… esa mujer pasó a ser mi abuela Mauricia.

Doña Mauricia.

Y su esposo… Don Francisco, mi otro abuelo.

La abuela Mauricia

Para mí… tuve una suerte enorme:

tuve tres abuelas.

Y aunque una no fuera de sangre… era mi abuela, mi abuela Mauricia.

Y lo sigue siendo.

Mi abuela Mauricia era bajita, de pelo blanco, rellenita.

Decía que de joven era rubia…

Tenía voz fina, era muy charleta… muy cariñosa… muy dedicada.

Cocinaba como los dioses.

Su especialidad: tallarines con pollo.

Pero todo… casero.

Elegía el pollo… lo mataba… lo preparaba… hacía la masa… cortaba los fideos…

La salsa… Una delicia.

Jugaba con nosotros: a la escondida, a la pelota, a las cartas…

Contaba cuentos de terror… cantaba…

Y no sabía leer, ni escribir

Era todo.

Se me cae una lágrima mientras escribo de ella.

Fue una bendición en mi vida.

El mundo de mi abuela Mauricia.

Vivía en un rancho humilde, a unos 20 minutos a pie de mi casa.

Tenía gallinas, árboles frutales, flores… una huerta enorme.

Un patio con aljibe… una glorieta para el mate… cocina a leña…

Una casa simple… pero llena de vida.

Crió no solo a mi mamá… sino a otros chicos de la calle, también.

Y además tuvo tres hijos propios, Mi Tia Erminda, mi Tía Elda y mi Tio Titi.

Era una mujer generosa.... maravillosa!!!

Mi abuela era curandera.

Curaba el empacho, la ojeadura, el mal de simión…

La conocían como “Doña Pancha”.

Canjeaba sus curas por comida: huevos, gallinas, queso, salamines…

Nunca le faltó nada.

Ni comida… ni chismes… ja ja ja…

Hasta el médico del pueblo la respetaba.

Se pasaban pacientes entre ellos.

El abuelo Francisco, (su esposo) era italiano.

Petiso, de espalda curva, bigote ancho, medio calvo.

Muy callado.

Tenía un hermano en Iriondo, un pueblo cercano a Paiva… pero casi no se veían.

Se decía que estaban peleados… por una mujer, mi abuela.

Mi abuelo, murió de tristeza.

Después de ir a buscar el cuerpo de su hijo, (mi Tio  Titi)… solo… en tren… desde Resistencia-Chaco, hasta Paiva, solos dos en el último vagón, un viaje interminable.

Eso lo quebró.

Yo era chico… pero lo recuerdo.

Recuerdo una mañana, mi abuelo Francisco, vino a ver a mi mamá (ella lo adoraba, a su Padre, como ella, lo llamaba Papá), tomaron mates… charlaron y luego la vi llorar… y abrazarlo… luego le gritaba… le deia: NO… NO…NOO TE VAS A IR, NO PODES IRTE… el se puso de pie, la acaricio y se fue… mi mamá se arrodillo y lloraba… luego se fue corriendo a la calle y lo llamaba… Papá… papá… yo estaba helado… ella no se percataba de mi… y fue entonces que la abrace y le pregunte… que paso?... solo me abrazo y lloro, lloro mucho… a los pocos días, mi Abuelo Francisco, murió.

Con el tiempo y cuando ya fui grande, le pregunte a mi mamá que le dijo, el abuelo, aquella mañana.  Me dijo que me quería mucho, que me cuidara, porque el venia a despedirse… porque no quería dejar a su hijo del otro lado solo, quería reunirse con el y murió de tristeza… a los pocos días, para el Doctor, fue un ataque cerebral.

“Ese día entendí… que el amor también llama, cuando llega la hora de partir.”

Mi abuela Mauricia era querida por todos.

Una vez, un hombre me dijo:

“Una señora me crió… gracias a ella estoy aqui”.

Y era mi abuela.

Sentí un orgullo enorme.

Ir a su casa era una aventura.

Una vez me llevó al campo, de madrugada, con viento, tierra volando…

A una casita…

Entró… salió con un bolso y un lechero…

“Fue una urgencia”, me dijo.

Nunca pregunté más.

Y así era ella.

“La quise con todo lo que fui… y aún así, siento que me quedé corto.”


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