martes, 14 de abril de 2026

“La casa, la familia y el Gaby”


“En esa casa sencilla —entre cortinas sin puerta, mates compartidos y voces que iban y venían— nació mi mundo… y ahí, sin saberlo, empezó a hacerse el Gaby.”

“La casa, la familia y el Gaby”

“Mi memoria arranca en un cuarto en penumbras. Estoy en una cama cuna de madera, con respaldos: uno alto y el de los pies más bajo, con listones a ambos lados, a modo de corralito…

No sé qué edad tenía. Solo sé que hay un dibujo de un patito en la cabecera… y a lo lejos veo una ventana y gente que pasa.

Aparece una señora… gordita, petisa, de pelo crespito, morocha, de tez oscura, con un vestido a lunares. Se acerca, me habla… me alza. Me saca de la cuna y me deja en el piso.

Ahí empiezo a ver mejor la habitación: una cama grande, una cómoda de tres cajones y un ropero. Y sí… una ventana que daba a la calle. El techo tenía cielo raso, supongo que de yeso, con una lamparita en el medio, que se prendía desde el respaldar de la cama grande.

Me lleva de la mano a la habitación de al lado. Se comunicaban por una puerta… sin puerta. Solo una cortina de tela que colgaba de un alambre.

Ahí había dos camas: una era de mi hermana y la otra de mi hermano.

Sí… tenía un hermano y una hermana, se llamaban Fernando Carlos y Silvia Graciela.

Y la señora que me llevaba de la mano… era mi mamá.

La gente que pasaba por la ventana eran vecinas: Doña Dorigo y mi tía Pirucha. Las dos vivían al frente de casa… y como era de mañana, venían a tomar mates y a “charlar”…

¿Charlar?… ja ja ja…

Te sigo describiendo la casa.

La pieza de mis hermanos tenía una ventana y dos puertas, una frente a la otra: una daba a la calle y la otra se comunicaba con la cocina. La ventana daba a un pasillo que conectaba el patio con la calle.

Los ambientes no eran muy grandes… pero para mí… eran ¡re grandes!

Eso sí: los cielos rasos de esa pieza y de la cocina eran de chapa. Y la cocina no tenía ventana, solo una puerta que daba a una galería abierta… desde donde se veía el patio.

Enorme… enorme…

(Aunque después me di cuenta de que no todo era mi patio. Como no había divisiones, uno pasaba de un patio a otro entre vecinos).

En la galería había una mesa contra la pared. Ese era el centro de reuniones de mi mamá.

Todas las mañanas… de 9 a 11… se pasaba el parte diario de todos los “putes”… (chismes).

Y ahí estaba yo… tomando la leche… escuchando todo.

Si decía algo, mi mamá me miraba seria y me decía:
“Vos sos chico… y los chicos no participan de la conversación de los grandes… hasta que seas grande”.

Y san se acabó.

Ahí terminaba cualquier duda… ja ja ja…

Primera lección:
hay que escuchar… aprender a escuchar… para que cuando tengas la oportunidad de hablar, tengas criterio.

Claro… eso lo entendí mucho después. En ese momento no entendía nada.

Yo solo entendía jugar.

Y para eso teníamos el patio: perros, gallinas, patos, chanchos… y una casa de barro, muy vieja, al fondo del terreno… donde jugaba a las escondidas con mis hermanos.

En mi casa solo había dos puertas de chapa: una al frente, que daba a la calle, y otra en la cocina, que daba a la galería.

El resto… eran cortinas de tela.

Las paredes sí… eran de material: ladrillo, cemento y revoque.”

“Esa casa… la que estaba en el fondo del terreno… tenía paredes de barro y techo de paja. Estaba pintada a la cal, de blanco… por fuera y por dentro.

Tenía tres ambientes… tres piezas y una galería. El piso era de tierra, muy apisonada… de muchos años.

Ya estaba bastante arruinada, pero se mantenía en pie por sí sola. En cada esquina tenía unos troncos gruesos… y eso nos daba seguridad para jugar y correr adentro.

No había muebles. Estaba vacía.

Y a la noche… dormían los perros y los patos.

A esta altura te estarás preguntando:
¿y el baño… dónde estaba el baño?

Bueno… estaba a unos diez metros de la casa. Apartado.

Era un cuadrado de un metro por un metro, con techo de chapa. Piso y paredes de madera… y una abertura de unos treinta centímetros en el medio del piso, que daba al pozo.

Ahí hacíamos todo.

Nosotros… y también algún vecino apurado, si su baño estaba ocupado… ja ja ja…

Eso sí… después pedían permiso. Antes no… no había tiempo:
“¡Las tripas me llaman!”… decían… ja ja ja!!!

Siempre había, colgado de un alambre, papel de diario… fundamental para la higiene del traste.

¿Y dónde nos bañábamos?

Ahí mismo.

Llevábamos un fuentón y lo llenábamos con baldes. En verano… agua fría. En invierno… agua caliente.

Yo me metía adentro del fuentón. Era mi bañera de chico. Entraba entero.

De grande… ya no tanto: me quedaban las piernas afuera… el pecho, la espalda, la cabeza…

Pero igual… era una delicia.

Y al final, con un tarro de lata, nos tirábamos el agua para enjuagarnos.

Un placer… total.

Después nos secábamos, nos vestíamos y colgábamos la toalla en un tendedero improvisado… un alambre de árbol a árbol.

La ropa sucia iba a un tacho de 200 litros, al lado de la pileta del patio.

El patio…

Enfrente de la galería había un enorme árbol de moras negras. Mi papá lo fue podando hasta convertirlo en una galería natural.

En los veranos calurosos… era sombra pura. Ahí pasábamos la siesta mirando dibujos o fotos en alguna revista… escuchando radionovelas… mientras mi mamá lavaba la ropa.

Más allá de la sombra… nacían los almácigos de verduras que mi papá sembraba. Eran muchos.

Y también flores.

Mirar ese patio era hermoso. Tenía colores… y aromas… muchos aromas. Según la época, cambiaban los almácigos y las flores.

Pero eso sí…

Rosas… siempre hubo.

Como te decía…

La mañana en mi casa empezaba muy temprano. Arrancaba con el desayuno… y seguía con mates.

Mates… y más mates.

Cerca de las once del mediodía se activaba todo: tender camas, barrer, lavar los platos de la noche anterior y empezar a cocinar.

Porque a las dos de la tarde llegaba mi papá de trabajar.

Todos teníamos una tarea.

Y según la edad… responsabilidades.

Recuerdo mi primera responsabilidad:

dar de comer y agua a las gallinas, a los patos y al chancho… limpiar el gallinero… barrer… y juntar los huevos.

Después… vinieron otras.

Responsabilidades…”

“Ahora te paso a contar… cómo era mi papá.

Mi papá era un tipo alto, de pelo negro. Tenía manos grandes… y una nariz ancha, importante… pero no narigón… ja ja ja…

Cara de malo. Voz firme. Serio… siempre serio.

Lo mirabas… y si te devolvía la mirada… te cagabas encima… ja ja ja…

Cuando él llegaba de trabajar, nosotros ya estábamos sentados a la mesa, listos para comer.

Mi mamá le servía primero a él… y después a nosotros.

La mesa tenía platos de losa… algunos de chapa enlosada… todos mezclados. Los cubiertos también eran variados.

Los vasos… eran botellas de vino cortadas a la mitad, con los bordes lijados, para no cortarse los labios.

Mi papá tomaba vino con soda.

Nosotros… agua o soda.

El pan era casero. Lo hacíamos nosotros. Casi siempre mi mamá… después aprendimos.

La ensalada salía de la huerta: lechuga, achicoria, rabanitos…

Mi mamá no tomaba vino. Tomaba refresco de naranja… que compartía con nosotros.

En la mesa se comía en silencio.

Con la boca cerrada.

Y con los codos afuera… solo las manos sobre la mesa.

No usábamos mantel… salvo en ocasiones especiales.

Y servilletas… tampoco. Un solo repasador… para todos.

¿Cuándo se hablaba en la mesa?

Cuando nos habíamos mandado una cagada… y mi mamá le pasaba el parte a mi viejo.

Eso… era terrorífico.

Porque podías ligar un castigo… un sopapo… o lo peor: una buena cagada a palos.

Y como ya lo sabíamos… comíamos rápido.

Muy rápido.

Por las dudas… había que salir corriendo.

Y salíamos… con el estómago lleno… ja ja ja…

De grande le pregunté a mi mamá:
“¿Por qué hacías eso, vieja?”

Y me decía:
“Era otra época… y yo también le tenía miedo a tu padre”.

Ah… claro…

¿Y nos mandabas al frente a nosotros?… ja ja ja…

Pero no todos los días había cagadas.

Así que cuando terminábamos de almorzar, nos íbamos bajo la sombra de la mora a comer alguna fruta de estación.

A veces… fruta de casa.

Y a veces… de algún vecino… sin que nos viera.

Porque si nos veía… iba y le contaba a mi viejo… y vuelta a los palos… ja ja ja…

Después, mi viejo se iba a dormir la siesta con mi mamá… hasta las cinco más o menos.

La vereda de mi casa tenía baldosas… un cordón de ladrillos… una cuneta… y después la calle de tierra.

Entre la vereda y el cordón había tres moras blancas, en línea.

Grandes… muy grandes.

Mi viejo se levantaba de la siesta con cara de culo.

Se lavaba la cara… se mojaba el pelo… se lo tiraba para atrás…

(Y seguía con cara de culo… ja ja ja…)

Y se iba a la vereda.

Ahí caía mi mamá con la pava, la yerbera y el mate… y unas rodajas de pan casero para acompañar.

Nosotros no dormíamos siesta.

Aprovechábamos para jugar… o mirar revistas tirados en el piso, bajo el árbol.

Cuando mis viejos salían a tomar mate a la vereda… pasaba algo increíble:

parecía que el mate se contagiaba.

De a poco, todas las familias de la cuadra salían con sillas o reposeras.

Cada uno en su vereda… pero todos charlando.

Y nosotros… felices.

Jugando con los chicos de la cuadra.

Éramos una banda… chicos y chicas.

Mi hermana y mi hermano se sumaban… y yo… atrás de ellos… siempre.

Eso duraba una hora… una hora y media… como mucho dos.

Después, mi viejo se levantaba y nos llamaba:

a regar la huerta…
y a mí… a dar de comer a las gallinas, los patos y el chancho.

Cuando caía el sol… venía otra cosa:

ejercicios físicos.

Mi viejo nos hacía entrenar como si fuéramos milicos en preparatoria… ja ja ja…

Decía que era para que no nos enfermemos.

Duraba media hora…

(a mí me parecían horas…)

Después… el baño.

Salíamos con remera, pantalón corto y zapatillas Pampero.

Limpitos. Bien peinaditos.

A la noche, acompañaba a mi hermana a comprar carne, vino y soda para la cena.

Íbamos a un almacén en la esquina: “Doña Dora”.

Una pareja de viejitos… muy simpáticos.

Pero muyyyy puteros.

Sabían todo lo que pasaba en el barrio… y en el pueblo.

Te quedabas un rato… y salías con todas las primicias.

Generalmente… embarazos… ja ja ja…

Cuando volvíamos, mi mamá le preguntaba a mi hermana:
“¿Y… qué se dice?”

Eso significaba: contar todo.

Porque el almacén a esa hora se llenaba… y había que esperar… y escuchar.

Y todo eso… al otro día… era tema del mate de la mañana.

Y así… todos los días.

Siempre había un “pute”.

Siempre.

Y también… algunos inventados.

Pero esa… es otra historia…”

“Cocinaban la cena mi mamá y mi hermana.
Con mi hermano… preparábamos la mesa.

A esa hora pasaba el diariero en bicicleta. Mi papá salía a charlar con él… y a veces le compraba el diario. Se conocían de hace mucho.

A mi papá, los conocidos le decían “El Nene”.
Otros… le tenían otro sobrenombre… pero eso te lo cuento más adelante.

En mi casa no había televisor.
En toda la cuadra… solo uno tenía. El que tenía plata.

Eso marcaba la diferencia entre el que tenía… y el pobre.

Nosotros… éramos pobres… ja ja ja…

Pero teníamos radio.

Así que escuchábamos la radio.

A las diez de la noche pasaban el informativo… duraba una hora: noticias locales, nacionales e internacionales.

Después de eso… nos íbamos a dormir.

Esa era mi casa.
Esa era mi familia.

Y en ese mundo… aparecí yo.

Un 13 de julio de 1962.

Soy de cáncer. Nací un martes.

Mi mamá me dijo la hora… pero no la recuerdo.

Lo que sí sé… es que nací en el pueblo.

Mi madrina de bautismo fue mi abuela Mauricia.
Y mi padrino… Reynaldo Lana, hermano de mi abuelo Francisco.

De ahí viene mi segundo nombre.

¿Y Gabriel?

Según mi mamá… le gustaba mucho. Estaba de moda… y me lo pusieron.

A mí… nunca me gustó.

Y como si fuera poco… me decían “Gaby”.

Peor…

¡Qué feito!… parecía de nena… ja ja ja…

Pero bueno… todos me conocían así.

Y así quedó.

Hasta el día de hoy.

Bueno…

Ahora te voy a contar un poco la historia de cada uno de mis padres.

Para que entiendas por qué digo… y por qué me siento orgulloso… de tener una familia enorme.

Tan enorme… que un día…

llenamos un estadio de fútbol.

Sí… un estadio de fútbol.

No lo podía creer.

Y lo mejor… fue cuando la familia se unió… y eligió a un tío como intendente del pueblo.

Ahí entendí algo:

el poder que tiene una familia… cuando está unida.

Uy… no te vas a aburrir.

Tengo tanto para contarte…

Así que preparate…”

 

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